Querido Luis:

Ninguno nos hemos hecho a la idea de que te hayas ido para siempre y sin embargo, nuevamente nos has dado una lección de serenidad, de paz y de aceptación plena, no convencido, sino sabedor de que vuelves al Padre.

Para los que todavía seguimos en esta tierra, nos queda, sí, un gran vacío, una tristeza difícil de evitar, pero tu vida y tu ejemplo son el referente para seguir sembrando la semilla del Reino de Dios, aquí y ahora.

Son muchas las personas que han pasado por tu vida y como tú nos decías, rezabas siempre  por ellas puesto que, Él te las había confiado; en todas dejaste una huella acorde a tu vocación de ministro del Señor, de amigo, de hermano.

No olvidaremos tu vocación de servicio a la Santa Madre Iglesia, allá donde te hubo necesitado.  Sería muy larga la lista para decirla aquí.

Pero podemos decir que muchos de nosotros hemos saboreado la convivencia contigo, compartiendo techo y pan, alegrías y angustias, nos hemos reído juntos y también hemos llorado juntos, en definitiva no solo has sido el Padre Luis “el cura” sino el compañero, el amigo, el hermano, a quien nuestros hijos te llamaban “tío Luis” haciéndote partícipe de sus travesuras.

Somos muchos los que te hemos conocido; y hoy nuestro sentimiento humano hace que traguemos alguna que otra lágrima. Pero también somos muchos los que tenemos la certeza de saber que ya estás con el Padre para siempre. Desde allí seguirás estando siempre con nosotros e intercediendo ante Él.

Te vas con los deberes bien hechos, hasta el último aliento has sido apóstol; a todos nos has dejado tu impronta, que no es otra, que la Buena Noticia de Jesucristo. Hiciste que nuestras vidas fueran distintas, nos inculcaste que la fe debe ir acompañada de obras y que la oración se tiene que transformar en servicio a los demás.

En definitiva tu fe y tu compromiso nos lo fuiste contagiando a todos. Luis: Nos has dejado un enorme hueco, pero también un gran legado; te prometemos que la semilla que sembraste en nuestros corazones seguirá germinando para que sea una realidad el Reino de Dios aquí y ahora y tenga su plenitud en el cielo.

Hoy mismo recogemos tu testigo; intercede por todos a quienes el Señor puso en tu camino para que podamos llegar al final de la meta.

En la olimpiada de tu vida has jugado bien y sin trampas, ahora mereces el premio que Dios, a quién tú amaste sobre todas las cosas, te imponga la medalla que te has merecido recogida de manos de la Virgen del Pilar.

Descansa en paz con Él para siempre y ahora que ya eres uno con Dios, ruega por nosotros.

Gracias Luis por tu vida, por tu ejemplo, por amarnos tal y como somos, pero sobre todo, gracias por haber sido tú.

Te queremos.

Y por último, siguiendo tu ejemplo de disponibilidad y abandono total, en el Padre, te ponemos definitivamente en sus manos, con la oración de Carlos de Foucold:

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.

Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

Amén.